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1 abril, 2011 / Enrique Forniés Gancedo

Sabios y expertos

El experto es hoy en día la figura más influyente. Cuando un partido político, una empresa, o cualquier otro tipo de institución pretende dar credibilidad a sus planes de acción dentro de un área específica, asegura estar asesorado por su consejo de expertos en la materia. De este modo obtienen fiabilidad y confianza, logrando en ocasiones inversiones de capital o apoyo de personas que, en principio, no mostraban interés en este tipo de acciones. O lo que es lo mismo, en lenguaje técnico actual, consiguen engagement.

Pero ¿quiénes son estos expertos? Aquellas personas que (supuestamente) saben todo lo que hay que saber sobre un determinado tema. Por eso hemos de fiarnos de ellos. Nuestros conocimientos nunca podrán alcanzar los suyos, por lo que debemos fiarnos de lo que ellos decidan. “Externalizamos” nuestras decisiones. Sin embargo, la figura del experto no siempre ha sido la que generado esta confianza. Hubo momentos en que fue el sabio o el consejo de ellos el que decidía o sugería cuáles eran las mejores medidas ante una circunstancia o incluso qué fines eran deseables para estas acciones.

La palabra “sabio” parece remontarnos a épocas ancestrales en las que un individuo podía acumular todo el conocimiento existente porque la vida se reducía al ciclo de las estaciones del año. Sin embargo, nuestras sociedades actuales manejan una cantidad de información tal y las posibilidades de generar y renovar nuestros conocimientos son tan amplias, que la figura de esa persona omnisciente resulta imposible de imaginar. Pero lo cierto es que ésta es una opinión resultado de haber creído que el “sabio” era un “experto” en todo. Es decir, que el sabio era una persona que conocía todo lo que podía conocerse.

Los griegos no pensaron que la sabiduría fuera una cuestión teórica sino práctica (moral). Para Aristóteles el sabio era el prudente, aquél capaz de encontrar el punto medio en sus acciones. Un punto medio para el que no existía una regla general: dependía siempre de la persona y su circunstancia. Desde este punto de vista, ser sabio implica saber cuándo debemos gritar o indignarnos ante una burla a nuestra persona o, simplemente, dejarla pasar. Pero también conlleva saber cuándo corresponde aplicar a un problema la economía, la física, la filosofía, la química o la historia. Es decir, tomar conciencia de que no existe una única materia que lo explique o lo comprenda todo.

Por otro lado, durante el Renacimiento, los humanistas consideraban sabio no al que acumulaba teorías y poemas en su cabeza, sino al que llevaba una vita activa. Como aseguraba Luis Vives, el humanista era aquel que se preocupaba por trasladarse a los lugares en los que se había descubierto un nuevo manuscrito, por hablar con quienes habían realizado un descubrimiento, por aprender lenguas antiguas para traducir escritos que hacer llegar a la sociedad… y posteriormente en poner en relación todo con todo sin preocuparse de si alguna materia podía ser considerada superior a las demás. El sabio se distinguía así por sus costumbres, su preocupación por acercar la cultura a la sociedad y su actitud ética ante la vida.

Por último, no olvidemos que el Oráculo de Delfos consideró a Sócrates como el más sabio de los griegos, al único que afirmaba saber que no sabía nada. Sin embargo, consciente de su ignorancia, trataba de acercarse a quienes presumían de saberlo todo para conversar con ellos. Mediante preguntas concretas acababa llevándoles a callejones sin salida donde afloraban las contradicciones propias de los conocimientos de estos “expertos”. Obviamente, alguien dispuesto a minar la confianza de quienes presumían de saberlo todo y ejercían grandes influencias sobre el gobierno de las ciudades no podía sino ser considerado un estorbo que debía ser eliminado. Sin embargo, durante el juicio que terminó con su condena a muerte, al ser preguntado acerca de cuál debía ser la sentencia que se merecía, Sócrates, sin dudarlo, contestó que debería ser mantenido en el Pritaneo por el servicio que aportaba a la ciudad.

Si algo nos ha llevado a un callejón sin salida ¿cuál es el motivo para seguir insistiendo en ello? ¿Por qué seguimos pensando que lo que hace falta es reforzar las reglas del juego en lugar de cambiarlas?

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