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19 noviembre, 2010 / Enrique Forniés Gancedo

Ampliar nuestras lecturas

Peter Hacker afirmó que los seres humanos no nacen con la habilidad de hablar, pero sí nacen con la capacidad de adquirir esta habilidad. En este sentido, manejar un lenguaje es algo natural pero, al mismo tiempo, es algo social. Hoy en día no creo que nadie fuera capaz de afirmar que las personas nacen sabiendo leer, pero de lo que no parece haber duda es de que a todas las personas se las puede formar para que lean. Esto implica dos aspectos que, si bien pueden parecer obvios, se olvidan rápidamente. El primero de ellos es que enseñar a alguien a leer no es explicarle una teoría de la lectura para que posteriormente la aplique. El segundo es que la guía que enseña a leer al individuo ha de ser temporal, sólo ha de prestarle las herramientas necesarias para que en su vida posterior sea capaz de abordar lecturas cada vez más complejas.

Así expuestas, estas premisas parecen perogrulladas. Sin embargo se olvidan fácilmente cuando pasamos a analizar cuestiones como la pintura, el diseño, la fotografía o la poesía. En primer lugar lo olvidan quienes se declaran expertos y piensan que estas “manifestaciones artísticas” sólo pueden ser interpretadas por aquellas élites que pueden entenderlas. Pero también las dejan a un lado quienes minusvaloran esas creaciones y piensan que todo el mundo puede hacer arte o que lo que no se entiende a la primera no merece la pena.

Al respecto me llamó la atención un artículo publicado en Science en el cual se realiza una comparativa entre personas letradas e iletradas sobre su capacidad para reconocer rostros. Lo que me interesó fue el hecho de que en la actividad de leer y en la de reconocer rostros humanos participaran las mismas partes del cerebro, cuestión que me llevó a pensar que alguien que únicamente examinara un cerebro no podría distinguir entre la acción de leer y la de reconocer un rostro. Determinadas partes del cerebro poseen la capacidad de interpretar signos, pero qué signos son interpretados no depende del cerebro sino de la formación posterior.

Con esto pretendo plantear la hipótesis de que posiblemente no pueda distinguirse la actividad cerebral concreta que implica interpretar una obra de arte o interpretar un texto. Asimismo, quizá, tampoco exista una diferencia sustancial entre el modo en el que podamos aprender a leer o a mirar una obra de arte. Es decir, aunque todos nazcamos con la capacidad para ello eso no significa que no necesitemos ser educados al respecto.

En definitiva, posiblemente no exista una teoría que explicar antes de comprender las artes en su más amplio espectro. Sin embargo, al igual que la lectura y la escritura requieren de un aprendizaje tutelado en sus primeros momentos, no podemos esperar comprender y hacer obras de arte sin una formación previa. No todo el mundo puede hacer lo que hace el diseñador, el pintor, el escultor, el fotógrafo o el poeta, ni todo el mundo puede interpretarlo. Por eso son indispensables. A pesar de todo, tampoco son élites que posean un acceso privilegiado a la realidad.

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