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3 noviembre, 2010 / Enrique Forniés Gancedo

¿Un método para la racionalidad?

Desde la Ilustración se pensó que existía un conjunto de reglas cuyo seguimiento nos aseguraba la corrección de nuestros razonamientos. Estas pautas marcaban un camino desde las premisas hasta las conclusiones que las unían indefectiblemente. En este sentido, la razón funcionaba a modo de cálculo exacto, acertando la única respuesta correcta a un problema de modo lineal. En los libros de texto actuales, a este conjunto de reglas se lo denomina “método científico”.

En la actualidad, la educación se basa en esta idea. Razona correctamente y llegarás a la conclusión acertada. Una buena formación académica debe consistir en ajustar la mente a este modelo. Cuanto más entrenados estemos en este uso de nuestras mentes mayor precisión adquiriremos en nuestros pensamientos, mayor número de respuestas acertadas encontraremos, más éxito tendremos en nuestras vidas y, por tanto, más felices seremos. En este sentido, existen vidas equivocadas y vidas acertadas. Gente que ha conseguido hacerse con el método adecuado para encauzar sus proyectos vitales, y gente que se ha perdido por el camino. Porque seguir la senda correcta que va de la escuela a la universidad es lo que debe hacerse para ser alguien que razona.

Sin embargo, en la actualidad existen universitarios frustrados y niños que no son capaces de ajustar sus mentes a este modelo. Obviamente, al ser éstas personas que no se adaptan al sistema, la solución es fortalecerlo: ¡más disciplina en la escuela y más orientación laboral en la universidad! Por otro lado, el hundimiento del sistema económico no se debe al propio sistema, sino a las personas que han actuado mal. Si hubieran actuado correctamente esto nunca hubiera ocurrido. En la última película de Oliver Stone, el personaje de Jake Moore no se explica cómo podemos pensar que insistir en lo que hacemos nos llevará a situaciones distintas. Incluso el Coyote cambia de estrategia cada vez que se le escapa el Correcaminos.

En efecto, mientras pensemos que existen unas reglas que delimitan los usos correctos de la razón, no podremos salir de este círculo vicioso en el que el fracaso continuado perece exigir el progresivo endurecimiento del sistema que nos lleva al fracaso. En resumidas cuentas, no podemos seguir pensando que la mente (si existe tal cosa) funciona de manera “científica”. Autores como Thomas S. Kuhn, Paul K. Feyerabend o Edward de Bono, ya pensaron hace tiempo en esto. Estos autores pensaron que habría que fomentar lo que llamaron el “pensamiento divergente”, “el anarquismo epistemológico” o el “pensamiento lateral”. La tesis de estos pensadores, en general, es que el método actual pretende discriminar entre aquello a lo que debemos atender y lo que debe ser desechado. De esta forma, conseguimos dejar de lado todo aquello que no son más que distracciones, cuestiones subjetivas, que un individuo sano debe apartar de su cabeza. Las respuestas “no científicas” no deben ser consideradas buenas contestaciones a una pregunta.

Mediante el establecimiento del método único se pretende que los individuos ignoren todos los estímulos y sugerencias que en la sociedad actual inciden sobre ellos. Sin embargo, parecen olvidarse de que la formación de una persona no sólo implica “formación académica”, y que absolutamente todo (limitado por sus capacidades de input-output) lo que recibe el sujeto forma parte de este proceso. Por eso, parece más acertado encontrar el modo de convertir todo esto en un suelo fértil, que el de andar espolvoreando sal en aquellos lugares donde pensamos que crecen las malas hierbas. Es decir, aprender a manejarse en el mundo aceptando que razonar no es calcular (aunque sea un uso lícito). Por eso Ken Robinson apuesta por un cambio en las metáforas del lenguaje educativo y pasarnos al lenguaje de la agricultura. Formar personas consistiría en crear las condiciones en las que ellas comenzarían a florecer. En este sentido, la educación no consistiría en una producción de individuos normalizados, sino en crear ecosistemas en los que el individuo desarrolle sus capacidades sin pensar que existe un único camino correcto. Aristóteles ya hablaba de la creación de estos ambientes como una misión del Estado, y entendía la paideia como un proceso por el que el individuo adquiere su capacidad racional (logos) mediante la práctica política (interactuando con sus compañeros). Así entendida, la formación no tiene nada que ver con la adquisición de un método, sino con la aprehensión de habilidades sociales que ayudan al sujeto a despertar su capacidad racional mediante su relación con el entorno y las demás personas.

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