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25 octubre, 2010 / Enrique Forniés Gancedo

De la verdad a la moral

Afirma Eduard Punset en un reciente artículo de su blog (http://www.eduardpunset.es/8383/general/es-cierto-porque-si), que existen determinadas afirmaciones que creemos conocer “a ciencia cierta”. Son creencias de las que no dudamos porque no pensamos que pueda haber prueba o argumento alguno que las contradiga. De esta forma, basamos sobre ellas nuestros comportamientos o muchas otras afirmaciones acerca del mundo y de nosotros mismos. Sin embargo, estos estados de certidumbre, se parecen más a estados mentales que a conclusiones a las que se ha llegado por medio de razonamientos, de forma que “la convicción de haber acertado, de tener razón, no es realmente una conclusión, sino pura sensación mental que nos afecta en un momento dado”. Por eso, más valdría estudiar neurológicamente estos estados mentales y aplicar sobre ellos el cálculo de probabilidades para verificar sus posibilidades de verdad, que fiarnos de nuestras propias convicciones. Punset utiliza este argumento en un sentido emancipador: puede ser la forma de librarnos de nuestros prejuicios, abriéndonos al debate interpersonal de una manera objetiva que nos permita cierto distanciamiento de los dogmatismos y los fundamentalismos. Sin embargo, en mi opinión, aun cuando su objetivo es loable y actualmente necesario en nuestras sociedades, su análisis se muestra insuficiente y cargado de graves problemas de fondo. En primer lugar, se olvida de encontrar un origen a estas certezas que no provienen ni de la experiencia ni de los razonamientos. En segundo lugar, habla de “estados mentales” como si se tratara de configuraciones especiales de la mente que se traducen en comportamientos y afirmaciones específicas. Y por último, otorga una autoridad absoluta a un grupo humano, como son los neurocientíficos, dotados de la capacidad de evaluar y verificar estos estados.

Porque si nuestras certezas no proceden de un razonamiento, tampoco pueden consistir en conclusiones inferidas a partir de otras experiencias o razonamientos. Y si las certezas no se parecen a razonamientos sino a lo que hay “detrás” de ellos, es absurdo pensar que un individuo pudiera alcanzar un meta-razonamiento que desvelara estas certezas, puesto que tras sus nuevos razonamientos habría necesariamente otras certezas (como es la de que estas certezas “existen”). Por otro lado, si los estados mentales actuales únicamente fueran causa inmediata de los estados anteriores, nuestra situación actual únicamente sería fruto de un esquema causa-efecto donde no tendríamos más remedio que creer en lo que creemos porque así nos ha configurado la naturaleza. Distintas certezas implicarían distintas naturalezas humanas, y todos sabemos a lo que ha conducido esto en el pasado y a lo que apunta en el futuro. Es posible que los “estados de certidumbre” no se parezcan a razonamientos, pero  tampoco los métodos de la Ciencia Natural parecen ser los adecuados para su estudio.

Asimismo, si los “estados de certeza” fueran configuraciones cerebrales que se traducen en comportamientos o afirmaciones, mediante su observación podríamos leer en nuestros cerebros cuáles son nuestras creencias más esenciales. Esta lectura implicaría que, mediante razonamientos y experiencia, el neurocientífico sería capaz de delimitar estados mentales y gradaciones dentro de ellos. O lo que es lo mismo, podría describir un “estado mental” asumiendo que se ha librado completamente de ellos. Pero ¿Cómo pudo buscar un “estado de certidumbre” en el cerebro antes de encontrarlo en la experiencia? ¿Cómo supo dónde mirar? ¿Extrajo del razonamiento y la experiencia sus propios criterios? ¿Son todos los seres humanos dogmáticos menos los neurocientíficos? ¿Verificó sus propios “estados mentales” mediante sus teorías y resultaron verdaderos? Aquí parece que la teoría estaba antes que ella misma, y eso resulta absurdo. Aunque también queda la posibilidad de que sus convencimientos procedan de un lugar distinto a los “estados mentales” si es que “existe” tal cosa.

Por último, Punset sitúa una comunidad humana (los neurocientíficos) y una herramienta (el cálculo probabilístico) como las claves para descubrir y evaluar qué certezas resultan más verdaderas y, por tanto, nos conviene adoptar. Es decir, se encargan de desvelar dónde nuestras creencias son dogmáticas (paranoicas) y dónde se ajustan a la verdad (entendida como correspondencia con la realidad). Sin embargo, comprobábamos cómo la teoría expuesta se asentaba sobre unas suposiciones que no pasarían por el tamiz de la propia teoría, luego parece que sus bases se encuentran más allá de todo razonamiento o experiencia posibles. Asimismo, suponía que se podían aislar “estados mentales”, hacer de ellos una clasificación objetiva, y aplicar sobre esta taxonomía un cálculo matemático que nos librara de errores y de “quienes creen estar absolutamente en lo cierto”. Sin embargo, se asume que el resultado de este cálculo es lo que más se ajusta a la realidad, y lo único que se me ocurre que podría demostrarlo son las probabilidades de éxito de este cálculo extraídas de aplicar sobre él ¡este mismo cálculo probabilístico! En resumidas cuentas, un grupo humano se legitima a sí mismo como aquel que puede decidir acerca de los buenos y los malos comportamientos (verdaderos y falsos), mediante la aplicación de unas certezas propias, que no proceden de razonamientos ni de experiencia. Se pasa del estudio de la verdad (lo objetivo), a la prescripción de lo que debe hacerse (lo moral), asumiendo que este grupo humano posee las claves de lo que es una vida buena.

En mi opinión, si las certezas no se parecen a razonamientos, sino que están a la base de ellos, no podemos esperar que de la aplicación de un único método concreto obtengamos su desvelamiento. Hacerlas patentes no es trabajo de la razón entendida como la aplicación de una técnica por parte de un grupo humano. Es más, toda práctica supondrá sus propias certezas. Analizar determinadas creencias desde un único punto de vista siempre consistirá en hacer prevalecer unas certezas concretas. Por eso, hacer consciente lo que se halla a la base de nuestras prácticas requiere contrastarlas con las de otros, dejar que nos describan a cambios de poder hacer lo propio. Es decir, la forma de revisar estas convicciones profundas se parece más a una conversación que a un cálculo. Educar afirmando que sólo la ciencia tiene las claves para que el género humano alcance esa vida buena o felicidad supone crear individuos que se cierran al diálogo, y es algo que deberíamos comenzar a poner en duda. Sigamos investigando, sigamos haciendo ciencia, pero comencemos a ser conscientes de que ésta no es sino una voz más en la conversación.

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